jueves, 6 de noviembre de 2008

coartadas nº 4

Publicamos esta página en homenaje a Edgardo Molgaray, compañero del Seminario de Narrativa, que ya no está con nosotros.

Edgardo Molgaray

negros

a Silvia Carbone que me dio la idea

Calles empedradas de San Telmo, bajando hacia el río. Los vecinos se asoman al escuchar el redoble de los tambores.

Caras alegres, de negra lujuria alegre convocada por la llamada de los tamboriles.

Estandartes que identifican el barrio, el clan. Hay alguien que los mueve desde arriba, alguien que les permite alegrarse con esa lujuria, alguien que les dio el don mágico de expresar con cierta inocencia lo que para los demás es pecado. Porque es pecado tanto desenfreno, tanto movimiento, tanta animalidad.

Hombres y criaturas. Hombres que son criaturas. Inocentes, ingenuos.

Sólo una mujer que yo veo, que sólo se distingue cuando se mira con las pupilas virtuales de la imaginación. Es, naturalmente negra y baila, salta, se contorsiona, en medio del abigarrado grupo. Y la veo mejor: no hay inocencia, no hay ingenuidad, en los frenéticos movimientos de su pelvis, en los golpes sincopados de las caderas, en el zangolotear desenfrenado de sus pechos.

La huelo. Olor de catinga africana apenas enmascarado por el perfume tenue y barato del jaboncito que la negra usó para lavarse en el agua fría de la tinaja del conventillo. Olor que tiene un mandato atávico liberador de gónadas y que excita. Me invade ese olor y me excita. Sale de la imagen ese olor y me descentra.

Y salta la negra. Salta y cae doblando la cintura, esa cintura que parece de mimbre, esa cintura que grita su funcionalidad, esa cintura que adivino en mis manos, si me animara, si sólo me animara.

Me está mirando y siento que me supera. Que me pasa por encima. Me hace un mohín. Es fea y grotesca, es bella y armoniosa, es sospecha y certeza, la negrita. Cuando pasa a mi lado me sigue mirando, la negrita contradictoria.

Se aleja y estira un brazo que parece tallado por Dios. Y el brazo se mueve como una víbora y me muestra la manzana en la mano-boca. Y me invita a saber, me obliga a saber.

El olor de la negrita, también funcional, me incorpora a la comparsa y se me cae el saco, y la corbata, y los libros, cuando empiezo a saltar. Y le quito la manzana de la mano-boca y la muerdo y la negra muerde después, sólo después.

Y descubro que ya no podré recuperar ni el saco, ni la corbata ni, mucho menos, los libros. Descubro que es justo que así sea y que con el mordisco a la manzana que la negrita me ofrecía fundo mi Tiempo, lo inauguro. Ese mordisco liberador me hace prisionero de otra circunstancia.

Y descubro que ese mordisco era inevitable para transponer la puerta de la Ley que me decía NO, como todas las leyes buenas.